El Señor del Acento Europeo

Es un día de semana normal, estoy de paso en un bar casi desierto. Una mera parada para esperar mi cola entre caras conocidas tras un largo día de trabajo. El bartender, en lo que ya se ha hecho un reflejo me pregunta si quiero beber algo, a lo que le respondo “No gracias, solo estoy esperando que mi hermana me venga a buscar”.

No lo habia notado, pero hay una figura rubia como el sol que me ve desde un rincón. Un señor como salido de película ochentosa. Lleva chaqueta vintage y lentes de pasta, que se ajusta con el dedo índice mientras mientras agita el vaso de whiskey ‘on the rocks’.  

on-the-rocks

Una de esas figuras que quizá por influencia de la industria cinematográfica evoca poca confianza, como si la prudencia te enviara un alerta de ultraje, no porque sea inminente sino a método preventivo.

Escucho a mi buen juicio y me siento con varias sillas de separación. Con el inconveniente de que el bar está casi vacío y el número de sillas da igual. Es entonces cuando el rubio enchaquetado me ve revisando el teléfono y me dice ¡No estés nerviosa! Tu hermana va a llegar. Ya sabes como son las mujeres, siempre llegan tarde”

Tiene un acento europeo que no ayuda a su intento de comentario jocoso. De esos acentos del malo de la película que ha sobrevivido a largas torturas en cárceles en medio de un invierno inclemente.

Con mi mejor actuación de simpatía le digo que tiene razón. Le comento algo como que luego le reclamaré que llevo una hora esperando en lugar de algunos minutos.

Tras una risa nerviosa me dice que debo reclamarle que tengo mucho que hacer en la casa. Con una rapidez casi perturbadora me narra lo que entiendo se imagina es mi rutina. “Tienes que decirle que ya a esta hora estarías en la casa, quitandote el uniforme y el maquillaje. Revisando los mensajes no leídos en el teléfono mientras reposas en la cama”.

Mi reflejo es hacer una vuelta de reconocimiento visual para saber cuánta gente queda en el bar mientras ‘mantengo el cool’. Para mi sorpresa veo que ambos bartenders (hombre y mujer) miran al hombre del acento con igual incomodidad. Uno de ellos amablemente se acerca a preguntarme si quiero por lo menos soda con limón. En lo que obviamente es una movida de salvamento y rescate.

Es entonces cuando entra la pareja del rubio y se sienta a su lado. Es como su versión femenina. Igual de rubia, igual de vintage, de igual acento. Y así da pie a que el otro ágil bartender rompiera el hielo con “creo que te van a invitar a un trío muy rubio”. Y en medio de una carcajada general hago mi escape. No hubo trío, ni invierno, ni soda con limón.

Adios señor de acento europeo, ¡saludos a la familia!

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